Ana Cruzado, uno de los primeros casos de cononavirus en médicos

Ana Cruzado, uno de los primeros casos de cononavirus en médicos

Cerca de 40.000 profesionales sanitarios en España se han contagiado con el coronavirus en España, según fuentes oficiales. Una de las caras de esta escalofriante estadística (uno de cada cinco afectados en nuestro país pertenece a este colectivo) es Ana Cruzado, que trabaja en un centro de salud y en un hospital madrileños. Fue una de las primeras en dar positivo, antes de que se declarara el estado de alarma, cuando se atendía a los primeros pacientes y la protección era escasa o nula. Mes y medio después, aunque algunos síntomas la mantienen de baja y confinada, ha confirmado que no padece el virus. Comienza su particular desescalada.

Ana Cruzado, médico de familia, está convencida de que su contagio se produjo el 8 de marzo, cuando atendió a un paciente que llegó al hospital, con una infección de orina no resuelta, según el triaje de Urgencias. “Llevaba varios días con fiebre, y su médico le había dado un antibiótico en el centro de salud. Le había dicho que si no mejoraba, se acercara al Hospital. Como había algo que no cuadraba, le exploré de arriba abajo. Obviamente no tenía mascarilla y no utilicé guantes. Cuando le ausculté, escuché en el pulmón cosas raras”.

La radiografía reveló una neumonía bilateral, típica de la Covid-19. Ni el paciente, ni su mujer, que le acompañaba, ambos sin mascarilla, lo sospechaban. Eran aquellos días, recuerda la doctora Cruzado, en que “empezaba todo esto, cuando pensábamos que eran cuatro casos. No teníamos realmente un protocolo a seguir. Nos poníamos mascarilla y guantes ante un caso respiratorio, pero no se utilizaba protección para un esguince, una infección de orina o un cólico renal, porque no había”.   

No obstante, en el hospital se estaba preparando ya una zona de aislamiento, en la que ingresó el paciente, hasta que se confirmó su positivo. “Sé que él pasó a la UVI, la mujer y la hija dieron positivo, pero cuando quise hacer seguimiento ya caí yo mala”. Efectivamente, el 14 de marzo, cuando se declaraba el estado de alarma, empezó la tos, y al día siguiente, la fiebre. La prueba PCR lo confirmó.

Desde entonces, Ana ha pasado un verdadero calvario, aislada en su habitación durante cinco semanas. De ellas, dos especialmente duras: “Con fiebre de 37’5, que no llegaba a 38, pero pestañear dolía. He estado mala, mala, de no poder moverme de la cama. Ducharme era como un maratón”. Como es médico, no ingresó en el hospital. Entendieron que se podía vigilar en casa, y acudir a Urgencias si empeoraba. Y fue, hasta en cuatro ocasiones, porque sentía que se ahogaba.

Las circunstancias para el aislamiento no eran las más favorables: divorciada y con una hija que ha cumplido 12 años en confinamiento. Para colmo, la empleada de hogar se marchó en cuanto supo de la enfermedad. “A todo el mundo le entra el pánico y se va. Así que tienes que pensar que ya pasará la fiebre y ya mejorará. Vas esperando, esperando, y las semanas se vuelven rutinas”, recuerda.

La rutina, en su caso, consistía en salir tres veces al día de la habitación para calentar el desayuno, la comida y la cena, que su hermano dejaba en la puerta de su casa. Su hija, en el resto de habitaciones y tareas: “La niña ha crecido en un mes más que en dos años. Ha madurado muchísimo, porque se ha tenido que ver completamente sola”. Vidas separadas en la misma casa, sin ver una película o comer juntas, muchas preguntas -mamá, ¿cuándo te podré dar un abrazo?- y algún intento de acercamiento que se cortaba de raíz. Por eso la doctora Cruzado asegura que lo peor es “la situación que se genera. No puedes hacer nada, todo te cansa. Y una niña pendiente de mí….”

Hasta hace 10 días, en que empezó a ver la luz: la PCR dio negativo. “Se supera, pero cuesta muchísimo”, explica, porque aún tiene síntomas y de hecho se cansa al entablar esta conversación. Sigue de baja y confinada, intentando mantener las distancias con su hija, con la que no ha ido a pasear, a diferencia de otras familias. La doctora Cruzado vive su propia desescalada, en la que ha marcado un hito importante: “Por fin pude salir de la habitación”.

La perspectiva de una médico es distinta a la de otros pacientes. Sabe que sus compañeros están clasificando a los enfermos de Covid en cuatro grados: leve (con síntomas como un catarro), leve-moderado, moderado-grave (los que ingresan en el hospital) y grave (que desgraciadamente pueden fallecer). Pese a todo, ella ha estado en el segundo grado, el de los leves-moderados, así que es muy consciente: “Dentro de lo que he vivido, he tenido muchísima suerte”.

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